Durante casi toda mi carrera, hacer software era la parte lenta y cara. Tenías una idea y después esperabas meses hasta tener algo que un cliente pudiera tocar. Aquella espera hacía que las empresas fueran con pies de plomo, y la mitad de las buenas ideas no salían nunca de la sala de reuniones.
Eso ha cambiado. Trabajando con IA, puedo coger una idea el lunes y tener una herramienta funcional delante de un cliente el miércoles. No una maqueta. La cosa de verdad.
Pero cuando construir se vuelve rápido, el cuello de botella no desaparece. Se desplaza. Se desplaza hacia las preguntas que la mayoría de empresas han ido esquivando: ¿para quién es esto, cómo lo encontrarán y quién lo venderá? La distribución. Un producto al que nadie puede llegar no existe, por muy rápido que se haya hecho.
Y la distribución es más difícil de delegar que el desarrollo. Puedes contratar a alguien que construya. No puedes contratar a nadie que te saque del desconocimiento de tu cliente.
Así que la pregunta ya no es "¿podemos construir esto?" La respuesta es sí, y rápido. La pregunta es "¿sabemos para quién es, y cómo le llega?" Responde a eso y la tecnología será la parte fácil.
